Recuerdo la primera vez que me llamaron “doctora Troncoso”. En ese momento no pude reaccionar: mi mente quedó en total silencio. Por suerte, lo dijo un profesor que solo buscaba darme el uso de la palabra. Sin embargo, esa pequeña frase hizo un clic en mi mente. Más que orgullo, sentí miedo, miedo de no estar a la altura. Con el paso de los meses, escuchar “doctora Troncoso” se volvió más común, pero la sensación no desapareció.
Todo cambió cuando llegó el consultorio jurídico: era hora de poner en práctica mis conocimientos y habilidades.
En mi primer día, la vida me dio una de las lecciones más importantes para mi carrera: el derecho no siempre sana desde los códigos; a veces basta con escuchar y desatar los nudos. Recuerdo a la primera persona que se acercó buscando orientación. Su voz temblaba, pero la mía aún más. Me llamó “doctora”, y en ese instante sentí el peso de una palabra que aún no estaba segura de merecer. Detrás de esa confianza había una vida, una historia y un problema real que no admitía improvisación. Fue entonces cuando comprendí que el derecho se estudia con la mente, pero se ejerce con el pecho.
Ser estudiante de Derecho es vivir con la conciencia de que el conocimiento, o la falta de él, tiene consecuencias. Todo lo que no sepamos puede jugar en nuestra contra, pero más grave aún, puede afectar a quien deposita su fe en nosotros. En el consultorio jurídico no solo representamos una institución, sino también la esperanza de personas que, muchas veces, no tienen a quién más acudir. Esa confianza, tan frágil y tan genuina, nos obliga a ser más cuidadosos, más humanos y más conscientes de que detrás de cada expediente hay una vida que espera justicia.
Llevaba mis códigos subrayados, mis apuntes ordenados y mi mente llena de teoría, pero no estaba preparada para el silencio que se produce cuando alguien deposita en ti su esperanza. Eso es algo que no se aprende en los libros, y fue mi primer choque con la práctica. En ese momento entendí que el derecho no es solo un conjunto de normas, sino un acto de servicio. No basta con dominar la terminología: hay que saber preguntar, escuchar y generar confianza. Solo así el usuario se siente cómodo, se abre y te permite comprender la complejidad de su caso.
Con el tiempo, he descubierto que servir desde el conocimiento también implica reconocer los propios límites, aceptar la incertidumbre y, aun así, comprometerse con la búsqueda del bien. Sigo dudando, y probablemente siempre lo haré. Pero ya no veo esa duda como una sombra, sino como una forma de cuidado. Dudo porque me importa, porque sé que cada palabra, cada orientación y cada documento que redacto pueden influir en la vida de alguien más.
Y eso, más que miedo, me inspira respeto.