13/03/2026

De Sócrates a Gabo: el falso Intelectualismo en la era digital

Por: Laura Alejandra Morad García

Ilustración hecha con la IA Gemini

En una conversación cotidiana entre estudiantes se mencionó la obra del célebre autor latinoamericano, Gabriel García Márquez. Sin embargo, la reacción inmediata fue opuesta a lo esperado: algunos dijeron que estaba sobrevalorado, otros cuestionaron su estilo tedioso y unos pocos alegaron a la desconexión con su obra. Lo irónico en tal caso es que el rechazo no fue explicado, nadie se refirió a un libro concreto, nadie recordaba siquiera una escena y, en últimas, el peor presagio de un buen lector fue confirmado: en el fondo, ninguno había leído su obra. No sorprendió la crítica. Sorprendió la seguridad con la que fue expresado el desprecio.

Lo que se vislumbra detrás de escenas como esta es algo más serio que una simple discusión literaria. Es el reflejo de una patología cultural y académica que crece y se propaga con rapidez. Se trata de un falso intelectualismo propio de la neoacademia digital que, si bien puede apreciarse como una afirmación osada, está dada desde el ánimo por comprender los nuevos comportamientos humanos, en una época donde parecer culto importa más que serlo. 

En primer lugar, el problema descrito no es exclusivo de nuestra era. En la antigua Grecia, por ejemplo, ya se advertía sobre la figura del individuo pseudointelectual. Quizás el filósofo más recordado por llevar tal crítica a su punto máximo fue Sócrates, en virtud de su constante confrontación con los sofistas, un grupo destacado por un enfoque en la persuasión y la retórica más que en la verdad. Tal percepción relativista marcó el origen de una disputa que se extiende hasta nuestros tiempos (Molina, s.f). Pero, ¿Cómo poder reconocer este dilema en un panorama donde todos creen saber?

Para dar respuesta a este interrogante es necesario identificar su causa principal: el lenguaje y su correlación con lo que pensamos. Como bien señala Daniel Kahneman, el ser humano “tiende a mostrar una excesiva confianza en lo que cree saber, acompañada de una notable incapacidad para reconocer los límites de su propio conocimiento” (2012, p. 25). Esa ilusión de certeza a menudo responde a la existencia de los sesgos cognitivos, comprendidos como desviaciones típicas en la toma de decisiones racionales.

Dentro de la multiplicidad de sesgos existentes destaca el de confirmación como la tendencia humana de creer y defender aquello que coincide con las propias intuiciones. En esta misma línea, el escritor Nassim Taleb advierte sobre las falacias narrativas, como tendencias a explicar el mundo mediante la simplicidad y la reducción (2007). Así, cuanto menor es el conocimiento real, más fácil resulta elaborar una explicación convincente. 

Este fenómeno no solo persiste, sino que se intensifica en el entorno digital, donde la sobreestimulación y la inmediatez favorecen opiniones rápidas, pero no necesariamente reflexivas. Si a ello se le suma el apogeo de la Inteligencia Artificial (IA), el panorama se torna complejo. Basta con observar ciertas dinámicas sociales cotidianas, que van desde la facilidad por emitir un juicio sobre obras no leídas, el uso de conceptos complejos sin una comprensión previa, hasta uno de los peores vicios de la existencia humana: la ausencia del pensamiento propio. Esto se alinea con lo que el científico Joseph Weizenbaum describió como el efecto ELIZA, ante la inclinación por atribuir profundidad y entendimiento a estructuras lingüísticas bien formuladas, aun cuando carecen de verdadera autenticidad (Built In, s.f.). 

Hoy por hoy es quizás más peligroso el falso intelectual que el ignorante mismo, pues, aunque en esencia poseen igual defecto de conocimiento, en la práctica el intelectualoide es mucho más difícil de identificar y por ende de combatir. Estos personajes permean las universidades, la política y peor aún, nuestra propia identidad. 

Con todo esto, queda decir que existe un presagio de esperanza, herramientas como la IA y las nuevas tecnologías autónomas tienen un amplio potencial que no puede ser ignorado. Así pues, revivir el intelectualismo no nace de querer saberlo todo, de permear cada espacio del conocimiento, ni mucho menos de renunciar a su búsqueda. El desafío reside en la coherencia entre la intelectualidad que se predica y la vida que la sostiene, la encarna y la hace posible en la práctica. 

Es aquí donde la anécdota inicial en torno a Gabo cobra relevancia, en esencia la crítica no reside en reconocer su valor como escritor, aunque confieso que no sería una mala consecuencia. El problema radica en la ligereza con la que se opina sobre aquello que no se ha intentado comprender. Con todo esto, cabe entonces cuestionarse ¿Cuántas de las opiniones que sostenemos con firmeza resistirían el simple acto de comprender aquello que pretendemos criticar?  Esto es en últimas, el verdadero reto intelectual. 

 

Referencias Bibliográficas

Built In. (s.f.). What is the ELIZA effect? https://builtin.com/artificial-intelligence/eliza-effect

Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio. Debate.

Molina, M., & Carolina, C.-M. (s.f). CENS 74 Juan Vucetich 2° Año Filosofía y Psicología. Edu.ar. Recuperado el 20 de marzo de 2026, de https://educacion.sanjuan.edu.ar/mesj/LinkClick.aspx?fileticket=gwBNq7rI5r4%3D&tabid=679&mid=1746

Taleb, N. N. (2007). El cisne negro: El impacto de lo altamente improbable. Paidós.

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